Las palabras llegaron, como si tal cosa, cuando dejó de buscarlas. En realidad, él estaba convencido de que no habían llegado así como sí, sino que habían volado de los labios de su musa –la que hacía que el viento se sonrojara al tocarla- y habían surcado el mundo hasta sus manos.
Y la verdad, habían llegado justo a tiempo. Porque las palabras se agolpaban desordenadamente en su cabeza formando un cúmulo de sentimientos y recuerdos que ni sabían y ni podían salir. Había pensado que perdería la razón, pero ahora todo parecía menos confuso.
Todo comenzó aquella noche en el lago del bosque cercano; había salido a pasear, porque la noche se le hacía pequeña desde la ventana y él necesitaba liberarse.
Mientras se deslizaba entre los árboles como un autómata la apatía se filtraba en cada fibra de su ser… hasta que la vio, de espaldas a él.

Su cuerpo pálido parecía esculpido de pura nieve y prometía un oscuro sacramento; su cabello parecía hecho de las mismas sombras vivaces, insinuándosele al viento… cada movimiento de aquella mujer le cautivaba por completo, pero sólo tuvo la certeza de haberse perdido para siempre cuando ella se giró hacia él y vio en sus ojos verdes el rostro del pecado, en sus labios de fuego el camino al infierno.
Ella le ofreció perderse en el edén prohibido que se escondía más allá de sus caderas sinuosas, y él le entregó su alma para siempre.
Y así volvieron a él las palabras cuando menos lo esperaba, porque era inevitable el escribir. El escribirla a ella.
Todos sus pensamientos, sus latidos, sus palabras eran para su valkiria de placer desinhibido, para el recuerdo sus cuerpos subyugados en el fuego de la noche.
Entendió que no había perdido la razón, sino que ella se la había llevado consigo.


